D. Pelayo 717-737

09 de agosto de 2005

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D. Pelayo 717-737
Fafila 737-739
Alfonso I 739-757
Fruela 757-768
Aurelio 768-774
Silo 768-783
Mauregato 783-788
Vermudo I 788-791
Alfonso II 791-842
Ramiro I 842-850
Ordoño I 850-866
Alfonso III 866-910

 

?? - 737

 Cuando Witiza era todavía heredero de su padre (el rey Égica) vivía en Tuy, en el antiguo reino de los Suevos, que ocupaba más o menos lo que hoy es Galicia y el norte de Portugal. El jefe de la guardia de Witiza era un tal Pelayo hijo del duque Fávila de Cantabria.

Witiza se encaprichó de la esposa de Fávila y madre de Pelayo. Con el fin de conseguirla mató a su marido de un bastonazo en ausencia de su hijo. Cuando este regresó Witiza quiso sacarle los ojos. Pelayo consiguió escapar y se refugió en sus tierras familiares de Cantabria.

No volvió a la corte pero tampoco los sicarios de Witiza se atrevieron a perseguirle allí.

 Don Pelayo tal vez, no hubiera pasado de ser un refugiado más que colaboró con los musulmanes, si no fuera por la ofensa que un gobernador árabe, de nombre Munuza, perpetró en la persona de su hermana.

 Munuza se había instalado en Gijón tras abandonar su habitual sede en León, cuando envía a Pelayo a Córdoba – tal vez en calidad de rehén – mientras mete a su hermana en su harén.

 Sin embargo, en el verano de 717, Pelayo logra fugarse, regresa a sus tierras y rescata a su hermana. Munuza acusa a Pelayo ante Tariq de querer sublevarse y el general envía una partida de tropas para capturarlo.

 Avisado del peligro, Pelayo huye a las montañas. En su camino se cruza el río Piloña, - conocido después como el Rubicón de la Reconquista – “que venía muy crecido y arrebatado”. Pelayo lo atraviesa, lo que no pudieron hacer sus perseguidores.

 Pelayo alcanza el valle de Cangas de Onís, en el que ya había vivido, y allí “toca tambor y levanta estandarte”.  A aquella asamblea que se celebró en la primavera del año 718, acuden no solo visigodos, sino numerosos astures, escasamente romanizados.

 Durante los cuatro años siguientes, Pelayo intenta atraer a su causa a la nobleza visigoda, así como a Gallegos y Cántabros. Además “con deseo de acreditarse corría las fronteras de los moros, acudía a todas partes, robaba, cautivaba y mataba”.

 El nuevo emir, enviado a Córdoba en 721 por el Califato de Damasco, Anbasa ibn Suhaym-al-Kalbi, decide que la revuelta de aquel bandido, de aquel “asno salvaje” ya ha durado demasiado.

 No se sabe el número de soldados que Anbasa envía, pero sí que otorga el mando de la expedición a uno de sus mejores generales, el beréber Alqama, al que acompaña uno de los traidores de Guadalete, el obispo de Sevilla, don Opas, hijo de Witiza.

 Alqama usa las vías romanas para penetrar en Asturias, Llega a Cangas y, fiado de su fuerza, decide perseguir a su enemigo hasta lo más profundo de los picos de Europa.

 La llegada de las huestes sarracenas causa un escalofrío entre los seguidores de Pelayo. Sin embargo, con sangre fría, el caudillo astur decide presentar batalla ese mismo día, el 28 de mayo de 722, y distribuye sus tropas del siguiente modo: Unos centenares (tal vez un millar) en una espaciosa cueva en el monte Auseva – llamada cova dominica, cueva del señor o Covadonga - que llena de provisiones y armas arrojadizas. El resto diseminado a la izquierda de la marcha de la columna árabe, que en este terreno angosto era incapaz de maniobrar.

 Buen militar como era, y consciente de que este terreno no le es propicio, Alqama intenta la negociación y envía al obispo don Opas a parlamentar con Pelayo. Este rechaza la propuesta del traidor.

 Desde la altura de la posición cristiana se tiran piedras, saetas y dardos que minan rápidamente la moral de los atacantes. En pleno fragor de la batalla, en el que solo puede intervenir la vanguardia musulmana por la estrechez del terreno, Pelayo da la orden al resto de las tropas cristianas para abalanzarse sobre un punto determinado de la columna enemiga, consiguiendo dividir en dos al ejército invasor, que finalmente sale huyendo.

 La retaguardia retrocede en tropel hacia Cangas, pero los habitantes de la zona, que los han visto subir, cargan entonces contra ellos y, desde los peñascos que bordean el camino, causan aún más mortandad.

 En cuanto a la vanguardia y parte del centro de la columna, no les queda más remedio que una huida hacia delante. El desconocimiento del terreno y la necesidad de llegar a territorio amigo les lleva a la Garganta del Cares y a los aledaños del Naranjo de Bulnes, desde donde alcanzan los puertos de Aliva y por fin Cosaya, lugar en el que sufren un masivo desprendimiento de tierras que causó la ruina a la mayor parte.

 Alqama murió durante la refriega y don Opas fue hecho prisionero. Seguramente fue ajusticiado poco después.

 El último capítulo de la derrota lo vivió el propio gobernador Munuza que, enterado del resultado de la contienda, decide retirarse a los llanos de la meseta. Tal vez engañado por sus guías astures sube por el valle del Trubia, que no puede superar. Gira entonces hacia el valle de Olalies, pero allí le aguarda un ejército cristiano que carga contra sus fuerzas desbaratándolas fácilmente. Munuza muere durante el combate con lo que la afrenta quedó vengada.

 En los años siguientes don Pelayo no solo se fortifica en Asturias sino que baja a los llanos y allí trabaja a los pueblos sujetos a los moros: roba y pone a sangre y fuego todo lo que se le ponía por delante.

 Incluso reúne una aguerrida mesnada con la que toma León, años más tarde. No se sabe cuando, se proclama rey y muere en 737.

 De esta manera se instaura un reino cristiano, germen de España, y se detiene la expansión árabe, ya que, de no haber sufrido esta derrota, los musulmanes hubieran acometido la invasión de Francia de otro modo, de forma que la batalla de Poitiers (732), en la que el emir Al-Gafiqi cayó bajo los francos comandados por Carlos Martel, tal vez hubiera tenido un resultado muy distinto.

Pelayo fue trasladado de su lugar de entierro inicial a la iglesia de Santa Eulalia de Abamia en Covadonga en el siglo XIII. 

Posteriormente Pelayo fuera trasladado a la capilla de la gruta de Covadonga, junto a la imagen de la virgen ubicada en el lugar en el que según la tradición ésta se apareció a Pelayo, Desde esa fecha, la Iglesia, edificada en los siglos XIII y XIV, en estilo románico, quedó prácticamente abandonada estando actualmente en un estado lamentable..

 

 

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