Carlos IV

13 de agosto de 2005

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Felipe V
Luis I
Fernando VI
Carlos III
Carlos IV

 

 

1748-1819

 

Una anécdota dice mucho del carácter del futuro Carlos IV. En una reunión familiar se hablaba del adulterio de una conocida dama, cuando el príncipe dijo de pronto:

 -         Señor, en este aspecto nosotros, los de sangre real, tenemos una gran ventaja y estamos a salvo de que nos engañen nuestras mujeres.

-         ¿Pues? Pregunta asombrado Carlos III.

-         Señor, porque es realmente difícil, por no decir imposible, que encuentren alguien por encima de nosotros con quién traicionarnos.

 El rey le miró largamente y, tras darse cuenta de que hablaba en serio, musitó:

 -         Que tonto eres, hijo mío.

 En noviembre de 1764 don Carlos cumple dieciséis años, y su padre considera que ya es momento de buscarle una esposa. La elegida es María Luisa de Borbón nacida el 9 de diciembre de 1751, hija de Felipe, duque de Parma, hermano del rey, y por lo tanto prima del contrayente. En 1766 se casan, ella con catorce años, él con tres más.

 El canónigo Escoiquiz, en sus memorias dice que la reina tenía ”una constitución ardiente y voluptuosa... y una sagacidad poco común para ganar los corazones que... le había de dar... un imperio decisivo sobre un joven esposo del carácter de Carlos, lleno de inocencia y aún de total ignorancia en materia de amor, criado como un novicio, de solo dieciséis años, de un corazón sencillo y recto y de una bondad que daba en el extremo de la flaqueza. ... A sus brillantes cualidades juntaba un corazón naturalmente vicioso incapaz de un verdadero cariño, un egoísmo extremado, una astucia refinada, una hipocresía y un disimulo increíbles y un talento que... dominado por sus pasiones, no se ocupaba más que en hallar medios de satisfacerlas y miraba como un tormento intolerable toda aplicación a cualquier asunto verdaderamente serio... obligándola a dar al favorito mas inexperto las riendas del gobierno, siempre que él supiera aprovecharse del ascendiente absoluto que, a falta de amor, le daba el vicio sobre su alma corrompida.”

 Con un lenguaje más moderno Carlos IV sería clasificado en la clase de los semiimbéciles, capaces de recibir cierta instrucción, pero desprovisto de la más mínima dignidad y de la más mínima energía o voluntad. Nunca había Consejo porque cada ministro acordaba separadamente con sus majestades. María Luisa siempre estaba presente.

 Carlos IV llega al trono el 14 de diciembre de 1788, con cuarenta años cumplidos. Desde ese mismo día empieza María Luisa a mandar. Dice Jovellanos: “En este día primero ambos recibieron a los embajadores de familia y ambos despacharon juntos con los ministros de Marina y Estado, quedando desde la primera hora establecida la participación del mando a favor de la reina como naturalmente y sin esfuerzo alguno.”

 Los primeros años de su reinado, con el gobierno en manos del conde de Floridablanca, son un intento de cierta continuidad.

 Se trató de poner trabas a la acumulación de bienes en manos muertas civiles y eclesiásticas, se tomaron medidas para impedir el acaparamiento y la especulación de grano, derivados de las crisis agrícolas, y se fomentó la libertad industrial y comercial.

 El conde de Aranda, sucesor de Floridablanca, tendrá como objetivo primordial el mantenimiento de una neutralidad armada en los escasos meses de su gestión, desde febrero de 1792 hasta octubre.

 A partir de este momento y salvo un corto intervalo, Manuel Godoy domina el panorama político español. Se dice que, poco después de su llegada a la corte, María Luisa, “mujer que buscaba a los gallardos guardias recién llegados para satisfacer sus apetitos”, se fijó en él y lo convirtió en su amante. Puede ser verdad porque, apenas expirado Carlos III, comienza el diluvio de cargos, honores y riquezas sobre Godoy. Para algunos historiadores la diferencia de edad – cuando se conocieron él tenía 20 años y ella tenía treinta y siete, 10 hijos y cuatro abortos- lo pone en duda.

 Las malas lenguas dicen que ningún rey ha reunido sobre su cabeza tantas astas como Carlos IV. Pero todo hace pensar que Carlos IV no era ajeno a las relaciones de la reina con su valido sino todo lo contrario: el rey era consciente y consentidor del entendimiento de su esposa con Godoy. La sexualidad de Carlos no estaba a la altura de las circunstancias y de las exigencias de una mujer que necesitaba el calor humano con mayor asiduidad que la que el rey podía ofrecerle.

 Pero la razón de su consentimiento no era solo que Godoy le evitaba tener que visitar la alcoba de María Luisa, sino que Godoy los complacía a los dos. Los demás amantes de la reina eran solo de ella pero, con Godoy, Carlos pudo acceder a los encuentros amorosos de María Luisa y ambos le dejaban intervenir cuando lo solicitaba ansioso. Los sentimientos eróticos que suscitaba el valido al rey pueden colegirse de bastantes documentos oficiales y extraoficiales. Godoy se comportaba con él igual que con la reina. Esto explicaría el permanente afecto del matrimonio hacia Godoy.

 El gobierno de Godoy se ve afectado por la situación revolucionaria de Francia que condicionó su política interior y exterior. La muerte de Luis XVI guillotinado en enero de 1793 dio lugar a largos años de desastrosa guerra.

 En una primera fase España emprende una acción militar contra la Convención Nacional francesa que se salda con la paz de Basilea en Julio de 1793 (Godoy recibe el título de príncipe de la Paz) que nos cuesta Santo Domingo y los derechos sobre La Luisiana. A partir de aquí la política española queda ligada a los intereses franceses. Por el Tratado de San Ildefonso (agosto de 1796) el Directorio francés dispuso de la flota española para luchar contra Gran Bretaña.

 La lucha planteada contra Inglaterra en los años siguientes le fue desfavorable. La consecuencia más dramática fue la derrota de la armada española en el Cabo de San Vicente (1797) Además Godoy se ve en la difícil situación de mantener una alianza con Francia y al mismo tiempo combatir las ideas de la revolución. Todo ello provoca su caída entre 1798 y 1800.

 Vuelto al poder, la alianza con Napoleón y contra Inglaterra trae el desastre de Trafalgar (1805) que fue la tumba de la marina española, construida con tantos sacrificios.

 María Luisa había tenido, entre partos y abortos, veinticuatro. Se consiguieron catorce hijos pero siete fallecieron al poco de nacer. Vivieron Carlota Joaquina, casada con Juan VI de Portugal; María Amalia casada con su tío carnal Antonio Pascual, un tonto de remate “sin mas Dios que su vientre”; María Luisa casada con el rey Luis I de Etruria; Fernando VII; Carlos, el futuro pretendiente Carlista; María Isabel, hija de Godoy, que contrajo matrimonio con Francisco I de las dos Sicilias; y Francisco de Paula, también atribuido a Godoy (Lady Holland, esposa del embajador inglés en Madrid, hablaba del “indecente parecido” con Godoy de los dos últimos hijos de la reina).

 Godoy, además de con los reyes, mantenía relaciones con Pepita Tudó, que le dio dos hijos. Sin embargo el 29 de septiembre de 1797 casa, por voluntad real, con María Teresa de Borbón, hija del infante don Luis, hermano de Carlos III, la cual odiaba a Godoy. Pepita Tudó, como compensación, es nombrada condesa de Castillofiel. Godoy se la lleva a vivir a su casa con lo que gana una dote de cinco millones de reales por su matrimonio, entronca con la familia real y se beneficia de la comodidad de tener a su amante gaditana en las habitaciones del propio palacio (sí la reina había querido, con este matrimonio, alejar a la amante, le salió el tiro por la culata).

 En 1807 Fernando, empujado por su alma negra el canónigo Escoiquiz, decide conspirar contra su padre intentando destronarle. Se pone en contacto con el embajador francés pero la trama es descubierta. Así lo cuenta Pedro Voltes en su libro Fernando VII, vida y reinado:

 “El 27 de octubre de 1807 apareció en la mesa del rey, en el Escorial,... un pliego anónimo...  con aviso de que se preparaba un golpe de mano en palacio con peligro para el rey y la reina. Carlos IV se dirigió enseguida, aún siendo hora avanzada, a los aposentos del príncipe con ánimos de explorar cuanto pudiera el aviso tener de cierto. Para colmo de disimulo, según sus cortas luces, se le ocurrió echar mano de un libro, y así apareció en la puerta de su hijo diciéndole, sobre poco más o menos”:

 -         “Fernando, he venido a esta hora intempestiva para hacerte obsequio de este libro que recoge las poesías dedicadas a la gloriosa defensa de Buenos Aires.”

 Los cronistas están de acuerdo en que el príncipe dio muestras de una gran turbación (por otra parte normal sí un padre te despierta con semejante aserto). Pasó el rey a fijarse en unos papeles que Fernando quería ocultar y que solo consiguió poner más de relieve. El rey ordenó aprehender todos los papeles entre los que había un manifiesto contra Godoy y la reina.

 Fernando, cobarde (“marrajo cobarde” le había llamado en cierta ocasión su madre) y traidor, como lo fue toda su vida, delató a todos sus cómplices omitiendo solo el nombre de Beauharnais, embajador de Francia.

 Carlos IV, que ignoraba la complicidad del embajador francés, tiene la ocurrencia de enviar una carta a Napoleón que termina como sigue:

 “... no quiero perder un solo instante sin enterar de ello a vuestra majestad imperial y real, rogándole que me asista con sus luces y consejos.”

 Napoleón que despreciaba por igual a España, al rey, a la reina, al príncipe y al favorito, tenía ya en sus manos el pretexto para intervenir en los asuntos internos de nuestro país.

 En aquel momento Francia e Inglaterra eran las cabezas de dos mundos contrapuestos: el continente contra los mares. Napoleón no se atrevió a cruzar el canal (aunque pensó en ello) sino que recurrió a la guerra económica intentando cerrar los puertos y los mercados del continente a Inglaterra.

 El 27 de octubre de 1807 se firma el tratado de Fontainebleau, por el que Napoleón, por un convenio secreto, queda autorizado a hacer pasar por España un ejército de veintiocho mil franceses que, en unión de un número igual de españoles, iría a ocupar Lisboa. Se trata de la guerra que el emperador declara a todos los aliados de Inglaterra.

 Por el citado tratado se desmembra Portugal, cuyo norte, llamado en adelante reino de Lusitania, sería colocado bajo la soberanía del rey de España, mientras que las provincias de Alemtejo y los Algarves se transforman en un reino destinado a Godoy.

 Las tropas francesas atraviesan la frontera y empiezan a ocupar plazas españolas. Godoy se alarma e indica a los reyes que se trasladen a Sevilla o Cádiz para, en caso necesario, escapar hacia América.

 La corte se encuentra entonces en Aranjuez y allí estalla el motín. Entre el 17 y el 19 de marzo de 1808 los conjurados, capitaneados por el conde de Montijo, que vino de Andalucía llamado por el príncipe de Asturias, asaltan el palacio del favorito, al que se hace responsable de lo ocurrido, y a punto están de lincharle el 19.

 Fraguado todo por la camarilla del príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, Carlos IV se ve obligado a abdicar en su beneficio el 19 de marzo. En toda España se celebró la caída de Godoy y la exaltación del nuevo monarca.

 María Luisa solo tenía una preocupación: Godoy. Escribe a Napoleón pidiéndole protección para él.

 El amo de España ya no es Carlos IV, ni siquiera Fernando VII. Es Murat, el general de Napoleón. El 21 de marzo envía a Aranjuez a su ayudante Monthion quien encuentra a los viejos reyes anonadados, sin otra idea que liberar a su Manuel. Carlos declara que ha abdicado solo para salvar su vida y la de la reina, pero que su ideal sería que su familia, comprendiendo a Godoy, fuese a acabar sus vidas en Francia en una casa de campo.

 El día 22 Monthion vuelve llevando cartas suplicantes a Murat. Este le encarga que someta a Carlos IV un proyecto de carta, antefechada el día 21 de Marzo, por la cual se retracta de su abdicación y pone su reino a disposición de Napoleón. Carlos, de acuerdo con su mujer, firma sin dificultad.

 Carlos IV y María Luisa emprenden viaje hacia Francia donde esperan ser recibidos por Napoleón en la ciudad de Bayona. La preocupación de María Luisa sigue siendo Godoy y finalmente consigue que sea entregado a Murat y llevado a Bayona.

 Napoleón invita a Fernando a ir a Bayona. Le trata siempre de alteza, demostrando con ello que solo reconoce como rey a Carlos IV.

 Al llegar a Bayona Fernando se encuentra con sus padres a los que quiere besar, cosa que Carlos rechaza. María Luisa le vuelve la espalda.

 Así, mientras el pueblo de Madrid se alza en armas contra la invasión francesa, los reyes están cenando con Napoleón en Bayona.

 El 6 de mayo Fernando devuelve a su padre la corona, que este había cedido el día anterior a Napoleón. A cambio Napoleón pone a disposición del rey Carlos IV el palacio imperial de Compiegne y el castillo de Chambord y una renta de treinta millones de reales. El favorito acompaña a los reyes.

 No había terminado aquí la peregrinación de los reyes pues el 16 de julio se trasladan a Roma.

 Mientras, la estrella de Napoleón palidece. Se retira primero a la isla de Elba (1814), de donde escapa durante el periodo denominado de los Cien días que termina en la llanura de Waterloo (18 de junio de 1815).[1]

 En Roma residía, además de los reyes y de Godoy, una numerosa corte entre la que se encontraban familiares de Pepita Tudó, la amante del príncipe de la Paz.

 María Luisa muere en Roma de una pulmonía el 2 de enero de 1819, no sin antes expresar su amor por Manuel Godoy. Diecisiete días después, el 19 de enero de 1819, fallece Carlos IV en Nápoles tras haber sufrido un violento ataque de diarrea y pensando que toda su vida había sido engañado por todos menos por Godoy. Su hijo Fernando VII hizo que los cadáveres de sus padres fueran trasladados con todos los honores a España, para ser enterrados en El Escorial. Los honró muertos cuando los había deshonrado en vida.

 Godoy murió en París en 1851. Tenía cuarenta y dos años cuando el motín de Aranjuez y cuarenta y dos año duró su destierro.

 

La entrega de la Luisiana.

 El 1 de octubre de 1800 España cedió la Luisiana a Francia a cambio del reino de Etruria que iba a ser creado por Napoleón en el centro de Italia (tratado secreto de San Ildefonso). Este reino imaginario nunca llegó a existir. España acababa de regalar a Francia 3,35 millones de kilómetros cuadrados, el equivalente a 6 veces España, un territorio que iba desde la frontera con el actual Canadá hasta el delta de Mississipi en el golfo de Méjico. Un territorio que hoy ocupan los estados de Montana, Dakota del norte, Dakota del sur, Wyoming, Nebrasca, Iowa, Kansas, Oklahoma, Arkansas y parte de Minnesota , Tejas, Nuevo Méjico, Colorado, Utha y Luisiana.

 En octubre de 1802 el rey Carlos IV ratificaba la entrega de la colonia de Luisiana a Francia.

 El 30 de abril de 1803 Napoleón la revendió a Jefferson a cambio de 15 millones de dólares (unos 203 millones de euros de 2003).

 La bandera española fue arriada de Nueva Orleans el 30 de noviembre de 1803. Luisiana fue francesa durante 20 días pues el 20 de diciembre pasó a Estados Unidos.

 La Luisiana había sido colonia española desde 1762. Antes, desde 1682 hasta 1762, había sido colonia francesa. Se la bautizó con ese nombre en honor a Luis XIV. A finales del siglo XVIII Francia tuvo que indemnizar a su aliado Carlos III de España por las consecuencias de la guerra de los siete años[2] y le cedió este territorio.


 

 

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Este sitio se actualizó por última vez el: 13 de agosto de 2005