Casa de Borbón

 

13 de agosto de 2005

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Felipe V
Luis I
Fernando VI
Carlos III
Carlos IV

 

Los Borbones

El primer Borbón es Enrique IV, rey de Francia, que restableció la paz en ese país tras las guerras de religión del periodo que va desde 1559 a 1598.

 Enrique nació en Pau, que entonces era Navarra. Su padre Antonio de Borbón era el rey de Navarra y él lo fue con el título de Enrique III. Su madre era sobrina del rey Francisco I de Francia.

 Bautizado católico, fue educado como calvinista por su madre. Encabezó el movimiento protestante francés (Hugonotes) en la década de 1560.

 Durante su boda con Margarita de Valois, hermana del monarca reinante, Carlos IX ordena la matanza de miles de Hugonotes que habían llegado a París para asistir a la ceremonia (noche de San Bartolomé: 24 de agosto de 1572). Enrique salva su vida convirtiéndose al catolicismo.

 Después de escapar, rechaza su conversión y lidera los Hugonotes. Cuando el monarca de Francia Enrique III (el último rey de la dinastía Valois) muere asesinado, él es nombrado rey con el nombre de Enrique IV.

 Las rivalidades internas del bando católico para elegir un candidato al trono y la conversión táctica de Enrique al catolicismo en 1593 (París bien vale una misa es la frase que se le atribuye) le hace ganar partidarios.

 Muchos dudaron de la sinceridad de esa conversión, pero el país estaba cansado de guerras. Aún así pasaron 5 años hasta que la paz se consolida con el tratado de Vervins.

 El principal beneficiario del caos de finales del siglo XVI fue la monarquía, a la que recurrieron todas las partes para escapar de la anarquía social. Esto permitió a Enrique IV crear las bases de un absolutismo real que perduró hasta la revolución de 1789.

 En 1599 Enrique consigue la anulación papal de su primer matrimonio y al año siguiente casa con María de Médicis.

 Su hijo Luis XIII fue un pelele en las manos del Cardenal Richelieu. Casó con Ana de Austria, hija de Felipe III y a pesar de ello la política de Francia fue la de aliarse con los enemigos de los Habsburgo en la guerra de los treinta años.

 Su hijo Luis XIV es el modelo del absolutismo. La leyenda habla de que tenía un hermano gemelo al que encerró en la Bastilla con una máscara de hierro para que no se discutiera su derecho al trono. Ese prisionero, que gozó de un trato preferente durante su estancia en la prisión, murió asfixiado por su barba. 

De acuerdo con la Paz de los Pirineos (1659) casó con su prima la infanta María Teresa hija de Felipe IV. Decidido a impedir el resurgimiento de los Habsburgo que anteriormente había amenazado a Francia en su flanco sur (España) y norte (Alemania), se embarcó en guerras que a la postre dejarían a Francia sumida en una crisis económica que Luis XV agravaría con su falta de liderazgo y que pagaría con su cabeza Luis XVI (en este sentido la frase de Luis XV “después de mí, el diluvio” se mostró profética).

 Déspota maleducado y mujeriego, anunció el testamento de Carlos II a sus allegados sentado en el sillico en el que hacía sus necesidades (honor que concedía a menudo)

 El heredero de la corona de España es el hijo del Gran Delfín. Este era “un hombre sin inteligencia, de humor muy desigual, perezosísimo, increíblemente silencioso, fútil y meticuloso en las cosas pequeñas, completamente insensible a la miseria y al dolor de los demás; malo, sería cruel si no fuera perezoso”, defectos que heredó su hijo el rey de España y probablemente todos sus sucesores.

 En la comitiva que se dirige a España, Felipe V es acompañado por una mujer que gozaba de la absoluta confianza de Luis XIV: Maria Ana de la Tremouille de Noirmoutier, viuda en segundas nupcias del príncipe Orsini. En España será conocida como la princesa de los Ursinos y tuvo gran influencia con la primera esposa de Felipe V, sirviendo de correa de transmisión de las instrucciones de Francia.

 

Los Borbones españoles.

 Característica general de los Borbones es su falta de carácter, tan grande como excesivo es su apetito sexual (con la honrosa excepción de Carlos III). Sin embargo se pueden distinguir dos épocas en su gestión:

 Desde Felipe V hasta Carlos III se rodean de ministros competentes: Felipe V tuvo a Julio Alberoni y José Patiño, José Campillo y al Marqués de la Ensenada; Fernando VI, al marqués de la Ensenada y José de Carvajal; Carlos III al conde de Aranda y al de Floridablanca.

 La segunda etapa va de Carlos IV hasta Isabel II. Carlos IV dejó el gobierno en manos de su mujer, María Luisa, y esta en manos de su amante, Godoy. Felipe VII representa todas las bajezas del mundo. Empieza con el país invadido por los franceses y él invitado en Francia y lo deja sumido en una guerra civil. Su hija Isabel II es una putita gordinflona que paga a sus amantes con el gobierno de España, a parte de dejarse controlar por el Vaticano a través de la monja sor Patrocinio y de su confesor, el padre Claret (¿elevado a santo por esta razón?). 

El balance es un país desangrado, corrupto, perdido el tren de la modernidad y con el trauma del fin del imperio colonial americano, que no se pudo defender por los conflictos en España.

 Treinta años antes de las jornadas de abril de 1931 que concluyeron con la huida de Alfonso XIII e instauración de la segunda república, Joaquín Costa escribe: “Con su renuncia, no haría la dinastía (de los Borbones) sino pagar una pequeña parte de la deuda que tiene contraida con la nación. No hay estadístico que pueda encerrar en guarismo los daños que ha recibido, los sacrificios que ha hecho en holocausto al nieto de Luis XIV y de sus sucesores. España podría marchar a la cabeza de las naciones más adelantadas, más ricas y más fuertes de Europa si hubiese dedicado a cultivar el cerebro nacional y a mejorar la geografía de la península el oro y las vidas que ha sacrificado a la dinastía desde la guerra civil y extranjera de 1702–1711 hasta la guerra civil y extranjera de 1895–1898: Guerra de sucesión y tratado de Utrech con pérdida de Orán y Gibraltar; guerras contra Inglaterra por causa del pacto de familia (con los Borbones franceses); Guerra por la abdicación de Bayona y a favor de la independencia; espantosas guerras civiles[4], siempre renacientes, por rivalidades entre dos legitimidades; guerras coloniales, con pérdida de la América meridional y de Méjico en 1810-1826 y de las Antillas y Filipinas en 1898; la inquisición política de Fernando VII, los fusilamientos de Doña Isabel ¡Que la dinastía corresponda por fin dejando de ser un estorbo a su resurrección.”

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