Felipe III

13 de agosto de 2005

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Carlos I
Felipe II
Juan de Austria
Felipe III
Felipe IV
Carlos II

 

1.578 - 1.621

 

Nace en Madrid el 14 de abril de 1578. Fue rey de España y Portugal durante 23 años, desde 1598 a 1621. Si Felipe II fue el rey de los papeles, Felipe III fue el del protocolo.

 Era el último hijo de Felipe II y Ana de Austria, su última esposa. Es conocida la frase de Felipe II refiriéndose a él:

 “El cielo que tantos dominios me ha dado, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos; temo que me lo gobernarán.

Y así fue, pero la culpa la tuvo el propio Rey Prudente. Su terror a que muriera este varón, como habían muerto sus tres hermanos, más su obsesión por capacitarlo para gobernar cuando él faltara, dieron por resultado un ser débil que todo tenía que consultarlo a su padre y que, cuando este faltó, necesitó encontrar un sustituto paterno que le siguiera guiando de la mano. Una educación que los psiquiatras de hoy llamarían castradora.

 Su reinado representa el paso del gobierno personalista al de valimiento (en el que una figura política, el valido, pasaba a desempeñar los principales cargos), a la vez que da comienzo la decadencia de la hegemonía española en Europa.

 Débil y tímido por naturaleza, educado por tutores aristócratas y eclesiásticos, resultó de carácter extremadamente religioso, lo que en política supuso su identificación con la misión divina de la monarquía española. Solo el vacío tesoro llevó a un periodo de relativa paz tras un arranque belicoso del rey. El ejército siguió consumiendo ingentes cantidades de dinero.

 Sin la energía y dedicación propias de un gobernante, su afirmación como monarca y su gusto por la vida cortesana se tradujo en un complicado protocolo, cuyo desmedido costo rompió con la austeridad de tiempos anteriores.

 En abril de 1599 contrajo matrimonio con su prima Margarita de Austria, de la que tuvo ocho hijos. Su falta de carácter se muestra plenamente en la conversación entre padre e hijo a la hora de elegir esposa. Felipe II decide que se case con una de las tres hijas del archiduque Carlos, hijo de Fernando I, el hermano de Carlos V. Este indica a su hijo que escoja entre los retratos de las tres hermanas. El príncipe contesta: “De ningún modo he de consentirlo, padre. Dejo el asunto en manos de su majestad”. El rey insiste en que se lleve los retratos a su habitación para decidir con tranquilidad pero el hijo contesta: “Yo, padre, no tengo más gusto que el de su majestad quien se ha de servir de elegir, estando cierto que la que vos escogiereis me parecerá la más hermosa”.

 La infanta Isabel Clara Eugenia tiene la idea de colocar los retratos de cara a la pared y echar a suertes la elección. Resultó vencedora Margarita.

 A Felipe II el método no le pareció muy científico, así que optó por pedir la mano de la mayor. Pero esta murió cuando el correo todavía estaba en camino. Y lo mismo sucedió con la segunda, así que finalmente Margarita resultó elegida.

 Si Felipe III era dado a devociones, su esposa no se quedó atrás. Su boda se celebró por poderes en Ferrara presidida por el Papa Clemente VIII. La noche de su boda hubo un baile en honor de la nueva reina. Esta no se presentó enviando al Sumo Pontífice una nota en la que le pedía que disculpase su ausencia debido a que por la mañana había comulgado y que, en los días en que lo hacía, no asistía a fiestas.

 A su llegada a España los reyes se trasladan a Denia para instalarse en el Palacio de don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y pronto Duque de Lerma. Esta era hijo del cuarto marqués de Denia y de doña Isabel de Borja, hija de San Francisco de Borja, el cuarto duque de Gandía. Por lo tanto es el quinto marqués de Denia y el cuarto conde de Lerma, elevado a duque en 1599.

 La recepción de los reyes en Denia fue aparatosa, pero de sus gastos no dejó de sacar frutos el marqués. El rey correspondió a su valido con liberalidades desorbitadas. Los flamantes nuevos duques de Lerma se instalaron en palacio en Madrid, en las habitaciones que había ocupado el rey cuando era príncipe.

 En la corte encontró la oposición de la reina Margarita, del dominico y confesor del rey, fray Luis de Aliaga, de don Baltasar de Zúñiga e incluso de su propio hijo, el duque de Uceda, que le sustituiría en la privanza en 1618. 

Política interna

 Durante su reinado, el sistema de gobierno siguió siendo el de los primeros Austrias, a partir de consejos especializados por materias y por divisiones territoriales, con el Consejo de Estado a la cabeza, que fue reorganizado en el año 1600 con un mayor protagonismo en la política general.

Pero las dificultades para coordinar este sistema, unidas a la escasa capacidad del monarca, llevaron a la sustitución del gobierno personal por el del poder delegado en un valido, o favorito, sin título específico.

 Desde 1598 gobernó como valido el duque de Lerma (1553-1625), amigo personal del rey, de quien al parecer recibió ya en los primeros momentos autorización verbal para firmar en su nombre. De esta forma pasó a controlar todos los órganos de la administración: ejerció de enlace entre el Consejo de Estado y los demás consejos de la monarquía, y fue quien adoptó las decisiones ejecutivas.

 Además, el monopolio en el reparto de gracias y mercedes permitió a Lerma formar una poderosa facción política. Precisamente el intento de incrementar esta influencia y de escapar a las críticas que se lanzaban en Madrid contra su privanza, explica el irresponsable traslado de 1601 a 1606 de la corte a Valladolid.

 Tampoco resultó acertada la expulsión de los moriscos en 1609 (el 4 por 100 de la población), cuando ya no constituían tema de preocupación y no era reclamada por ningún estamento. Lerma alegó razones de seguridad para lo que era en realidad un problema de falta de integración.

 El endeudamiento de la corona motivó la decadencia de la industria y de la agricultura en Castilla. Era más fácil y rentable emplear los capitales en papeles, juros o letras de cambio, que en inversión productiva. La fuerte presión fiscal desanimaba dedicar esfuerzos a inversiones que aumentaran la riqueza nacional.

 El deterioro de la situación política y la crisis económica, con una imparable inflación, llevaron a Felipe III a sustituir en 1618 a Lerma por su hijo, el duque de Uceda. Se recortó entonces la libertad de acción del nuevo valido en la tramitación de las consultas, con un mayor protagonismo de don Baltasar de Zúñiga en los asuntos exteriores, mientras el rey se reservaba el despacho de mercedes.

 Al verse caer en desgracia, el duque de Lerma, para prevenir cualquier daño, solicita del Papa Pablo V la concesión de un capelo cardenalicio que le fue concedido con el título de San Sixto. El pueblo, siempre contento con la caída de un poderoso, hizo circular el siguiente verso: 

Por no morir ahorcado,

El mayor ladrón de España

Se vistió de colorado

 Política exterior

 Felipe II le había dejado nominalmente un gran imperio, pero con unos pies de barro por la desastrosa situación económica. El reinado se inició con una importante actividad bélica, pero la suspensión de pagos de 1607 marcó el inicio de un periodo pacifista.

 El nuevo monarca empezó su reinado con la intención de demostrar que era un gran guerrero y un rey dispuesto a encabezar una cruzada. A pesar de la precaria situación financiera que había heredado y los graves reveses económicos que había sufrido Castilla con ocasión de las hambres y las pestes de 1599 y 1560, el nuevo rey y sus consejeros se lanzaron a una serie de empresas militares de importancia como el envío de fuerzas expedicionarias a Argel e Irlanda en 1601 y la reanudación de los intentos de someter de nuevo a los rebeldes holandeses.

 Las expediciones a Irlanda y al norte de África constituyeron costosos fracasos.

 En 1604, tras la muerte de Isabel I, se firma un tratado de paz con Inglaterra. España se ve así en disposición de dedicar todos sus recursos a la guerra con los Países Bajos.

 Pero durante el invierno de 1606 estalla un nuevo motín del ejército. Se acuerda un alto el fuego de 8 meses en la primavera de 1607 y en noviembre de ese mismo año la corona, incapaz de saldar sus deudas y de conseguir más créditos de los asentistas, declara una nueva bancarrota.

 El 9 de abril de 1609 se firma una tregua de doce años con los Países Bajos, lo que representa, por primera vez, el reconocimiento oficial de la existencia de Holanda.

 Por otra parte, el asesinato de Enrique IV de Francia en 1610 supuso la desaparición de un enemigo potencial, ya que su viuda María de Médicis se mostró partidaria de la amistad española. Ello se plasmó en la alianza dinástica de 1615 conseguida mediante el matrimonio del futuro Felipe IV con Isabel de Borbón, hija de Enrique IV, y la de Ana de Austria, hija de Felipe III, con Luis XIII de Francia (los reyes que inspiraron Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Realmente Ana no soportaba a Luis XIII y vivió separada de él la mayor parte del tiempo).

 En 1618 finalizó este periodo de paz al apoyar España al emperador Fernando II de Austria  (católico) contra el elector del Palatinado, Federico V (protestante), en lo que fue el comienzo de la guerra de los Treinta Años (1618-1648): una guerra religiosa en Alemania en la que España entra para apoyar a los Habsburgo austríacos.

 Dicha guerra termina con la Paz de Westfalia, firmada en Münster el 24 de octubre de 1648 (ya en tiempos de Felipe IV), que influyó sustancialmente en la historia posterior de Europa. Además de convertir a Suiza y a las Provincias Unidas (Países Bajos independizados de España) en estados independientes, el tratado debilitó gravemente al Sacro Imperio y a los Habsburgo, supuso el resurgimiento de Francia como principal potencia del continente europeo y retrasó la unificación política de los estados alemanes.

Aunque la Paz de Westfalia marcó el final de la guerra de los Treinta Años como conflicto europeo generalizado, el enfrentamiento entre Francia y España, agudizado desde 1640, fecha en que Francia alentó la Rebelión de Cataluña (guerra dels segadors), no finalizó hasta 1659, en que ambos países firmaron la Paz de los Pirineos.

En este contexto internacional, coincidiendo con el año de la muerte de Felipe III (el 31 de marzo de 1621) finaliza la tregua con Holanda.

 

Muerte de Felipe III

 Su muerte es digna de su obsesión por el protocolo. El francés De la Place, en sus Pieces interesantes, dice que Felipe III estaba gravemente sentado frente a una chimenea en la que se quemaba gran cantidad de leña, tanta que el monarca estaba a punto de ahogarse de calor.

 Su Majestad no se permitía levantarse para llamar a nadie, puesto que la etiqueta se lo impedía. Los gentileshombres de guardia se habían alejado y ningún criado osaba entrar en la habitación.

 Por fin apareció el marqués de Polar, al cual el rey le pidió que apagase o disminuyese el fuego, pero este se excusó con el pretexto de que la etiqueta le prohibía hacerlo, para lo cual se tenía que llamar al duque de Uceda. Como el duque había salido, las llamas continuaban aumentando y el rey, para no disminuir en nada su majestad, tuvo que aguantar el calor cada vez más fuerte

 Al día siguiente, tuvo una erisipela en la cabeza, con ardiente fiebre, que le produjo la muerte.

 

Familia de Felipe III

Margarita de Austria

De este matrimonio nace el futuro Felipe VI

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 13 de agosto de 2005