Fernando VII
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Fernando VII
Isabel II

 

1784-1833

 

Cuentan que un día el rey Alfonso XIII recibió en audiencia a un historiador que le dijo:

 -         Señor, estoy escribiendo un libro para reivindicar la memoria de vuestro ilustre bisabuelo Fernando VII.

-         ¿Reivindicar a Fernando VII? ¡Pues, trabajo te doy!- respondió el monarca.

 En 1801 su madre quiso casar a la infanta María Isabel, hija de su relación con Godoy, con el heredero de Nápoles, futuro Francisco I. La reina María Carolina de este país acepta a cambio de que al mismo tiempo el heredero de la corona de España case con su hija María Antonia. Se concertaron pues las dos bodas que se celebraron por poderes en Nápoles el 25 de agosto de 1802. Todos los contrayentes son primos hermanos.

 El 10 de noviembre de 1802 la reina María Carolina escribe: “Mi hija está desesperada. Su marido es enteramente memo, ni siquiera un marido físico y por añadidura un latoso que no hace nada y no sale de su cuarto”. El 20 de noviembre “Es un tonto que ni caza ni pesca; no se mueve del cuarto de su infeliz mujer, no se ocupa de nada ni es siquiera animalmente su marido”. El 3 de mayo de 1803 “... un marido tonto, ocioso, mentiroso, envilecido, solapado y ni siquiera hombre físicamente”. El 13 de abril: “el marido no es todavía marido y no parece tener deseo ni capacidad de serlo” Tardó un año en cumplir, y eso que se había casado con dieciocho años. ¡Desde luego era abúlico y perezoso!

 Cierto es que Fernando se desquitó con creces de su poca virilidad inicial con las demás esposas que tuvo y con hembras de diverso pelaje, generalmente de baja estofa. Pero el resto de las cualidades que le adornan no mejorarían.

 El 21 de mayo de 1806 muere María Antonia. El vulgo atribuyó su muerte a envenenamiento producido por una pócima suministrada por Godoy a instancias de la reina María Luis. La princesa no había llegado a reinar.

 Ya hemos contado como en 1807 intenta derrocar a su padre. El 19 de marzo de 1808 aprovecha el Motín de Aranjuez para obligarle a abdicar y el 6 de mayo, en Bayona, le devuelve a su padre la corona que este había cedido, el día anterior, a Napoleón.

 Fernando queda en Valençay, en tanto Napoleón dispone de la corona española en favor de su hermano José. Una asamblea de españoles notables reuinida en Bayona modifica y aprueba en Bayona un propyecto constitucional presentado por Napoleón que pasa de esta forma a ser la primera Constitución escrita de la España contemporánea (7 de julio de 1808). Algunos autores reniegan de esta primacía ordinal ya que nunca llegó a regir.

 El 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se levanta espontáneamente contra los franceses. Entre mayo y junio toda España se ha levantado en armas y surgen una serie de Juntas con el objeto de articular la resistencia contra los franceses y crear un poder que cubriese el vacío que se había producido con las renuncias de Bayona. El pueblo recupera la soberanía mediante las Juntas Provinciales, las cuales crean a su vez la Junta Suprema Central (25 de septiembre de 1808). Su legitimación se justifica en dos premisas:

 -         Primero: La renuncia de Fernando VII no ha sido libremente otorgada (falso).

-         Segundo: Cautivo el titular de la soberanía, la iniciativa corresponde a la sociedad, bien para defender los derechos soberanos de Fernando VII (tesis absolutista) bien para reasumir una soberanía que el cautiverio del monarca ha dejado vacante (tesis liberal). (También falso puesto que la autoridad legítima recaía en José I tras la renuncia de los Borbones)

 El 22 de junio de 1808 Fernando escribe la siguiente carta a Napoleón con motivo del nombramiento de José Bonaparte como rey de España: “Doy muy sinceramente en mi nombre, de mi hermano y tío, a V.M.I. la enhorabuena de ver instalado a su querido hermano en el trono de España... No podemos ver a la cabeza de ella un monarca más digno y más propio por sus virtudes.” Más vileza y cobardía, imposibles.

 La inesperada derrota del ejército francés (100.000 hombres) en Bailén[1] (22 de julio de 1808) lleva a Napoleón personalmente a España al frente de un ejército de 150.000 soldados, dispuestos a aniquilar toda resistencia.

 Mientras en la península corre sangre española, Fernando adula a Napoleón pidiendo la mano de su sobrina Lolotte. En una carta que dirige a José I le dice que se considera miembro de la augusta familia de Napoleón a causa de que ha pedido al emperador una sobrina por esposa.

 Fracasado el proyecto con Lolotte,  Fernando no ceja en su empeño de emparentar con Napoleón y pide la mano de Zenaida Bonaparte, hija del rey intruso José I, lo que tampoco cuajó. (Napoleón despreciaba a Fernando)

 En España las campañas de 1809 se decantan por el lado francés, pero surge la guerra de guerrillas, auténtico invento español, que obliga al ejército francés a convertirse en policía.

 Durante su estancia en Valençay, Fernando se dedica a bordar lo que al parecer hace primorosamente.

 Cuando Napoleón se divorcia de Josefina de Beauharnais y se vuelve a casar con María Luisa, hija del emperador Francisco I de Austria, Fernando y su hermano don Carlos – el ultracatólico señor de los Carlistas- disponen alegres fiestas en el palacio de Valençay. Hacen cantar un solemne Tedeum en la capilla y, dentro de ella, dan repetidas veces los gritos de “¡Viva el emperador!k; ¡Viva la emperatriz!”. Todo esto pasaba en 1810, en lo más enconado de la guerra de la independencia.

 Ese mismo año (1810), el Consejo de Regencia, constituido en España para oponerse al gobierno de José I, reúne Cortes en Cádiz las cuales declaran "único y legítimo rey de la nación española a don Fernando VII de Borbón", así como nula y sin efecto la cesión de la Corona a favor de Napoleón. Su ausencia de España durante estos años y el odio del pueblo a Godoy, del que Fernando fue su máximo oponente, explican su sobrenombre de 'el Deseado'.

En 1810 las tropas francesas redoblan sus esfuerzos para acabar con la contienda española. Las fuerzas desplazadas se acercan a los 270.000 hombres. A pesar de ello fracasan en su intento de tomar Cádiz, sede de las Cortes españolas, y Lisboa, la capital portuguesa.

 Durante 1811 y 1812 Napoleón se ve obligado a sacar tropas de España para el frente ruso. Sin embargo aún permanecen en territorio peninsular 200.000 hombres. La guerrilla sigue con su papel de desgaste y el general británico, duque de Wellington, consigue los primeros éxitos (Salamanca y Arapiles, junio y julio de 1812). José I se ve obligado a abandonar Madrid, retirándose a Valencia. 

Durante 1813 y 1814 los franceses mantienen un ejercito de 100.000 hombres. Los españoles cuentan con 130.000 mas otros 70.000 de los ejércitos lusos y británicos mandados por Wellington. En la primavera de 1813 José I fija la Corte en Valladolid pero pronto tiene que retirarse, y en marzo abril de 1814 las tropas anglo-españolas penetran en Francia. 

Fernando VII había sido liberado por Napoleón tras la firma del Tratado de Valençay (11 ó 18 de diciembre de 1813). El rey cruza la frontera el 22 ó 24 de marzo de 1814. El 11 de abril se firma el armisticio con el jefe de las tropas francesas en la península Ibérica, Nicolas Soult, lo que pone fin a una dura guerra de casi seis años.

 Primera etapa absolutista (1814-1820)

 Al regresar Fernando VII a España, un grupo de 65 diputados, presidido por Mozo de Rosales, le presenta un documento en Valencia, el denominado Manifiesto de los Persas, en el que le aconsejan la restauración del sistema absolutista y la derogación de la Constitución elaborada en las Cortes de Cádiz (1812). Las bases sociales del absolutismo hay que buscarlas en los grupos que se resisten a perder sus privilegios: Aristocracia, sectores del ejército, burócratas del antiguo régimen, la Iglesia afectada por las medidas desamortizadoras y las provincias que ven peligrar sus fueros.

 Cuando llega a Madrid da la orden a  su comitiva de no pasar ante el edificio de las Cortes en donde le esperaban los representantes del pueblo, que tanto habían luchado por su regreso, para que jurara la Constitución.

 El 4 de mayo de 1814 Fernando anula la obra de las Cortes de Cádiz pero promete restaurar la constitución tradicional revitalizando las viejas Cortes españolas. La promesa no será cumplida y el gobierno de España será dirigido durante los veinte años siguientes (excepto el trienio liberal de 1820 a 1823) por un monarca absoluto que carecía de un pensamiento claro de un sistema de gobierno ya que casi todo lo basaba en el oportunismo.

 Esta primera etapa se caracteriza por la depuración de afrancesados y liberales y por los intentos fracasados de sanear la economía y la hacienda

 Había quedado viudo hace ocho años y tiene prisa en casarse. En los territorios coloniales ha prendido la antorcha de la insurrección. Así que busca la alianza con su vecino en la península y en los territorios americanos, Portugal. Su cuñado Juan VI de Portugal, casado con su hermana mayor, la infanta Carlota Joaquina, tenía dos hijas solteras: Isabel y María Francisca. Fernando VII elige a la primera como esposa y da a la segunda a su hermano Carlos.

 La nueva reina era gordita, mofletuda, pálida, de ojos saltones, gran nariz y pequeña boca además de torcida. Como llegaba a Madrid sin dote alguna y sin el ajuar principesco de costumbre en estos caso, hubo quien colocó en la puerta del palacio real un papel en el que se leía: 

                                               Fea, pobre y portuguesa

                                               ¡Chúpate esa!

 A los dos meses de casada sintió la reina los primeros síntomas del embarazo. No por ello dejó el rey sus costumbres de francachelas nocturnas, frecuentando las tabernas de Madrid y recalando, casi cada noche, en una casa de mala nota regentada por una tal Pepa la malagueña.

 El 21 de agosto de 1817 Isabel de Braganza da a luz una niña que muere a los pocos meses. El 26 de diciembre de 1818 muere al dar a luz una niña muerta, en medio de una terrible carnicería.

 Fernando VII tiene treinta y nueve años y sigue sin tener descendencia. La nueva novia buscada por el rey es María Josefa Amalia de Sajonia que tiene quince años de edad. Es prima segunda del rey. Su padre el duque Maximiliano de Sajonia la encerró desde muy pequeña en un convento a orillas del Elba, del que salió solo para casarse.

 La noche de bodas (20 de octubre de 1819) es un fracaso. Gonzalez Doria lo cuenta así: “No había cumplido la reina todavía los dieciséis años, cuando se veía casada con un hombre casi veinte años mayor que ella, quien además de resultar un galán mas que corrido, y ya con algunos achaques por su dolencia de gota, era físicamente un verdadero adefesio. ... la pobrecilla no tenía ni la más remota idea que los niños no vienen al mundo merced a los desinteresados servicios de una amable cigüeña, como le habían dicho las monjitas de su convento a las orillas del Elba, sino en virtud de realizar determinadas prácticas, que la causaron tanto horror cuando estuvo a punto de poder experimentarlas en la noche de bodas, que la ingenua soberana, presa de verdadero pánico no pudo evitar orinarse en el lecho, dando lugar a que Fernando VII, a poco de haber entrado en la regia alcoba, salió de ella más que deprisa, en paños muy menores, echando pestes y apestando a demonios”.

 “A partir de esa noche se cerró en banda doña María Josefa para admitir contacto íntimo con su consorte, firmemente persuadida que los naturales deseos de don Fernando eran altamente pecaminosos.”

 Cuando el rey insistía en cumplir como marido la reina le respondía: ¿Por qué no rezamos un rosario, Fernandito? Y al rosario seguía un trisagio, luego una novena y así sucesivamente hasta que el rey salía bufando.

 No hay nada que hacer. La reina está cerrada en banda y el rey escribe al Papa pidiendo la anulación inmediata de su matrimonio. Cuando un consejero le lee la respuesta papal, este exclama: ¡O yo jodo de una vez con esta pazguata o que el Santo Padre anule mi matrimonio! Este lenguaje era habitual en el rey, que era grosero y maleducado. 

Finalmente un mensaje papal que la exhorta a “aceptar como bueno el obligado tributo conyugal” vence la resistencia de la reina, pero siempre exigiendo antes el rezo del rosario.

 El trienio liberal (1820-1823)

 En 1820 un ejército reunido con gran trabajo y que esperaba cerca de Cádiz el momento de zarpar para América, escuchó con agrado las propuestas de Rafael del Riego, y otros mandos, que les aseguran que era mucho más patriótico y mucho menos arriesgado restaurar la Constitución de 1812 que trasponer el océano para ayudar a los últimos defensores de la soberanía española en Indias.

 Se sublevan en Cabezas de San Juan (Cádiz) y vagan varias semanas por Andalucía en medio de poblaciones indiferentes con unas tropas que disminuían a ojos vista.

 El pronunciamiento estaba condenado a fracasar cuando las guarniciones de otras ciudades se sumaron: La Coruña: 21 de febrero; Zaragoza: 5 de marzo; Barcelona: 10 de marzo; Pamplona. Esto obligó al rey a jurar la constitución de 1812. Se inicia el trienio liberal o constitucional (1820-1823).

 Alcalá Galiano, una de las figuras más destacadas del trienio, escribió más tarde, con la clarividencia que da una dilatada perspectiva: “La Constitución había sido restablecida en 1820 por sociedades secretas y por las tropas. Fue, pues, costumbre llevar sus cosas adelante por medios ocultos o por la violencia. Las elecciones eran mera fórmula, se resolvía todo en conciliábulos y, al tiempo de obrar y pesar las razones casi siempre se echaba la espada en la balanza”.

 Riego, el héroe popular, resultó ser un fantoche engreído al que el gobierno tuvo que desterrar a su tierra asturiana.

 Con arreglo a la restaurada Constitución se elige un parlamento en el que, a falta de partido políticos se dibuja desde un principio el contraste entre moderados y exaltados. Al margen surgen sociedades patrióticas que son medios de presión sobre el gobierno.

 Mientras los gobernantes del trienio fueron acentuando su radicalismo, en contra de toda la política reformista de este periodo actúa, desde 1822, la llamada Regencia de Urgel que cuenta en el exterior con el apoyo de la Santa Alianza, unión de los monarcas europeos a favor del absolutismo.

 En 1823 las potencias reunidas en el congreso de Verona confiaron a Francia una misión de intervención armada en España. No se trataba solo de solidaridad monárquica sino de prevenir el contagio revolucionario que ya se había manifestado en Nápoles, Piamonte y Portugal donde la Constitución gaditana había servido de paradigma a los movimientos liberales.

 El 7 de abril de 1823 entran de nuevo las tropas francesas, esta vez llamadas por Fernando VII, al mando del duque de Angulema. Son los llamados Cien Mil Hijos de San Luis a los que se suman las tropas realistas en España que llegan hasta Cádiz donde los liberales custodian al rey. Tras una única batalla, la victoria del trocadero, los ejércitos franceses obtienen la liberación  de Fernando VII el 30 de septiembre de 1823 a cambio de una promesa de amnistía. De nuevo no cumpliría su promesa. Sin apenas oposición, el absolutismo fue restaurado.

 La década absolutista (1823-1833)[2]

Al día siguiente de su salida de Cádiz, el 1 de octubre de 1823, se inicia la más feroz represión. Como el rey había prometido no verter sangre, lo cumple mandando ahorcar a los condenados. En el camino de Cádiz a Madrid es donde se escuchan los estúpidos gritos de ¡Viva el rey absoluto!, ¡Vivan las cadenas! y ¡Muera la nación!

 Se suprime nuevamente la constitución y se restablecen todas las instituciones existentes en enero de 1820, menos la inquisición porque Francia se oponía. En esta década absolutista se pierden la inmensa mayoría de las colonias americanas por la falta de refuerzos de la península.

  El 18 de mayo de 1829 muere la reina sin descendencia y Fernando VII piensa inmediatamente en contraer nuevas nupcias, pero esta vez deja claras sus intenciones: “No más rosarios. ¡Estoy de rosarios hasta los cojones!

 Entre las princesas seleccionadas, Fernando VII se fija en su sobrina María Cristina de Borbón, hija de su hermana Isabel y de Francisco I de Nápoles, rey de la dos Sicilias. Los absolutistas ven con desagrado el nuevo matrimonio porque tienen la mirada puesta en su hermano don Carlos, príncipe conocido por sus tendencias absolutistas, por su fanatismo religioso, y su odio a la masonería, que en aquellos momentos se desarrolló extraordinariamente.

 La joven princesa italiana, María Cristina, tiene veintitrés años. El cuarenta y cinco. Atractiva y bondadosa, de genio alegre y espontáneo, desde su llegada corrió la voz de que ella tenía opiniones liberales, lo que le valió la simpatía popular y la enemistad de los absolutistas, refugiados, ya para siempre, en el regazo, codicioso de poder, de la infanta  María Francisca, esposa de don Carlos. Viene acompañada de su hermana, la resuleta y enérgica Luisa Carlota

 La influencia de la reina se empieza a notar en la apertura de Universidades cerradas por Fernando – o por su secretario de Gracia y Justicia, Francisco Tadeo Calomarde, que es lo mismo- y hubo pequeños inicios de amnistía.

 La cuestión sucesoria

 Cuando en 1830 la reina anuncia su embarazo; el rey quiere asegurarse la sucesión aunque el hijo sea una niña. Para lo cual exhuma una Pragmática Sanción, dada por Carlos IV a las Cortes en 1789, que anulaba el Acta Real  por la cual Felipe V había introducido la ley sálica en 1713. Esta Pragmática Sanción restablecía la antigua ley de Partidas, según la cual, tanto en Navarra como en Castilla (no así en Aragón), las mujeres recogían la corona en defecto de sucesión masculina.

 Es pues la más pura tradición española y, paradójicamente, los que tenían que haberla defendido con más ahínco, los carlistas o tradicionalistas, iban a atacarla con más furia.

 La desgracia es que, por algún oscuro motivo de María Luisa o de Godoy (quizás por no molestar a la dinastía francesa), esta Pragmática Sanción se había mantenido en secreto, por lo que todo el mundo creía vivir bajo el régimen del acta de Felipe V.

 El 10 de octubre de 1830 nace Isabel. Esta niña será la futura reina Isabel II, y aunque se le impuso el nombre de María Isabel Luisa, desde el primer día se la designó solo por el segundo.

 El 13 de octubre de 1830 Fernando VII hace insertar un Real Decreto en la Gaceta que decía: “Es mi voluntad que a mi muy amada hija, la infanta María Isabel Luisa, se le hagan los honores como príncipe de Asturias por ser mi heredera y legítima sucesora a mi corona mientras Dios no me conceda un hijo varón.” 

El 30 de enero de 1832 nace Luisa Fernanda que a los catorce años casará con el duque de Montpensier.

 El 14 de septiembre de 1832 un ataque de gota pone en peligro la vida del rey. Estando el rey mas en el otro mundo que en este, Calomarde cree que solo unas horas separan a don Carlos del trono. Idea que el rey revoque la Pragmática Sanción, con lo cual restablecería la ley Sálica, y convence a la Reina María Cristina que lo contrario llevaría a España a una guerra civil. Esta, atribulada ante los acontecimientos que pueden desarrollarse vertiginosamente en cualquier instante, exclama: “Pues bien: que España sea feliz aunque mi hija no reine” Y acercándose al oído de su esposo le susurra: “Fernando, es preciso que revoques la Pragmática”. 

En la tarde del 18 de septiembre Calomarde logra, en presencia de otros ministros, que el rey firme un decreto con un garabato ilegible, declarando sucesor del trono a su hermano, tras lo cual se sacan copias para publicarlas a la muerte del rey.

 Sin embargo el rey volvió en si y fue poco a poco recuperándose. El día 22 llega a la Granja la infanta Luisa Carlota, hermana de María Cristina. En Madrid se había enterado de lo ocurrido, así que, después de culpar a la reina por su debilidad de carácter, llama a Calomarde y le pide que le muestre el original de la revocación, pretextando que si no viese por si misma tal documento con el autógrafo regio no lo podría creer. Cuando lo coge, lo hace pedazos, arrojándolo a la chimenea.

 Como viese que el ministro hace un movimiento para intentar salvar el rasgado documento, descarga sobre su mejilla una sonora bofetada. Añade la leyenda que Calomarde contestó: “Manos blancas no ofenden, señora” y haciendo una reverencia, se fue (no solo del lugar sino que se exilió en Francia).

 Ante el estado del rey, María Cristina, su esposa, asume las funciones de regente el 6 de octubre de 1832. El gobierno es sustituido por otro que encabeza Cea Bermudez. No se trata de un gobierno liberal pero si de hombres que están dispuestos, dentro de ciertos límites, a llegar a un cierto entendimiento con los liberales moderados.

 El 31 de diciembre de 1832 Fernando se retracta con el siguiente manifiesto que hace publicar: “Sorprendido mi real ánimo en los momentos de agonía  a que me condujo la grave enfermedad de que me ha salvado prodigiosamente la divina misericordia firmé un decreto derogando la Pragmática Sanción decretada por mi augusto padre a petición de las Cortes de 1789 para restablecer la sucesión regular de la corona de España.

 .... Hombres desleales e ilusos cercaron mi lecho y abusando de mi amor y del de mi muy cara esposa a los españoles, aumentaron su aflicción y la amargura de mi estado, asegurando que el reino entero estaba contra la observancia de la Pragmática  ponderando los torrentes de sangre y desolación universal que habría de producir  si no quedase derogada.

 ... La perfidia consumó la horrible trama...  en aquel día se extendieron certificaciones de lo actuado  con inserción del decreto, quebrantando alevosamente el sigilo  que en el mismo y de palabra  mandé que se guardase sobre el asunto hasta después de mi fallecimiento. 

... Declaro solemnemente que el decreto firmado en las angustias de mi enfermedad fue arrancado de mí por sorpresa...  que es nulo y de ningún valor  siendo opuesto a las leyes fundamentales de la monarquía y a las obligaciones que, como rey y como padre, debo a mi augusta descendencia”

 No debía tener el rey muy limpia su conciencia ni estar tan inconsciente cuando asegura que había ordenado mantener el decreto en secreto.

 Don Carlos, que no está nada contento con el desenlace del episodio, se exilia a Portugal lo que le evita tener que jurar a la princesa y donde puede seguir conspirando al amparo de su cuñado Miguel que representa en Portugal los mismos principios que don Carlos en España.

 El 29 de septiembre de 1833 muere Fernando VII. Isabel está a punto de cumplir tres años. Tres meses más tarde María Cristina se casa clandestinamente con el capitán Fernando Muñoz, oficial de su escolta.

 Este matrimonio tuvo ocho hijos. Por todo ello los carlistas iban cantando:

                                    Clamaban los liberales

                                   Que la reina no paría

                                   Y ha parido más muñoces

                                   Que liberales había.

 La moda de aquella época  permitía ocultar el embarazo bastante bien. Sin embargo no faltó quien dijese que “la reina gobernadora está casada en secreto pero embarazada en público”.

 Si el reinado de Carlos IV terminó en la vergonzosa farsa de Bayona, el de Fernando VII acaba con una guerra civil (la primera guerra carlista que durará siete años) provocada por su hermano. Su mujer María Cristina terminará en el destierro y su hija Isabel también acabará en el exilio. ¡Todo un balance!

 

 

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 02 de agosto de 2005