Carlos III
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Carlos III
Carlos IV

 

1716-1788

 

Carlos III fue rey de Nápoles desde 1934 hasta 1959, cuando asume el trono español. Es el primogénito de Isabel de Farnesio, la segunda esposa de Felipe V.

 Hombre de carácter sencillo y austero, su ejemplaridad en lo público y en lo privado fue un antídoto contra el contagio de la marea revolucionaria que se incubaba en Francia durante el reinado de Luis XV, que culminó con la revolución francesa de 1789, ya en tiempos de Carlos IV.

 Carlos III asume la corona de España en 1959. Su reinado puede dividirse en dos etapas: antes y después del motín contra el marqués de Esquilache (Squillace, traido de Nápoles).

 En el primer periodo el equipo de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio descontento social. La aristocracia se vio afectada por la renovada Junta del Catastro, dirigida a estudiar la implantación de una contribución universal. Por su parte, el clero recibió continuos ataques a su inmunidad. A todo ello vino a unirse el descontento popular, hábilmente esgrimido por la propaganda y el dinero de los privilegiados, provocado por la política de urbanismo de Madrid (tasas de alumbrado o prohibición de arrojar basuras a la calle, por ejemplo), los intentos de modificación de las costumbres (bando de capas y sombreros) y algunas reformas administrativas y hacendísticas.

 El domingo de Ramos (23 de mayo) de 1766 estalla el motín en Madrid y en varias provincias. Los amotinados profieren vivas al rey y piden la destitución de Esquilache y su camarilla de extranjeros. En las provincias se grita además contra los especuladores, representantes del poder local. Esquilache es destituido y se toman una serie de medidas sobre el abastecimiento y el precio de los granos. 

Con el restablecimiento del orden social se inicia la segunda etapa del reinado. La política está, ahora, en manos de una serie de hombres nuevos, como D. José Moñino conde de Floridablanca (hijo de un escribano), D. Pedro Rodriguez de Campomanes, D. Pedro Abarca de Bolea conde de Aranda o Gaspar Melchor de Jovellanos, que aseguran una continuidad en las reformas. La primera medida del nuevo equipo es la expulsión de los jesuitas (febrero de 1767), a quienes el Dictamen Fiscal, elaborado por Campomanes, acusa de instigadores del motín y enemigos del rey y del sistema político, a la vez que denuncia su afán de poder y de acumulación de riquezas y cuestiona su postura doctrinal.

 De su política cultural cabe destacar el intento de extensión de la educación a todos los grupos de la sociedad, las propuestas de reforma de los estudios universitarios (1771 y 1786) y el estímulo de la actividad de la Real Academia Española, cuya Gramática Castellana (1771) se impone como texto en las escuelas.

De las innovaciones políticas sobresalen: la remodelación monetaria (en 1780 se emiten los vales reales, el primer papel moneda español, en 1782 se crea el Banco de San Carlos, futuro Banco de España) y fiscal (intento de establecimiento de la contribución única), los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización de los sectores industrial y comercial. 

En lo personal casa con María Amalia de Sajonia en 1738. Él tiene 22 años y ella trece. María Amalia era fea, nariz en forma de cubilete, ojos pequeños y saltones, fisionomía irregular y voz chillona y desagradable. Según un poeta inglés “esa reina, con su marido, forman la pareja más fea del mundo.

 A los 15 años queda embarazada. En los próximos años tendrá cinco niñas lo que hace difícil la sucesión varonil. El carácter de la reina se agria, especialmente con sus damas de honor a las que llega a abofetear.

Después nace Felipe, subnormal. Por fin nace Carlos, que llegará al trono español, mientras que se hermano menor Fernando ocupará el trono de Nápoles.

 La reina muere en 1760 a los treinta y seis años de edad. Nunca habló castellano y despreció a los españoles. Carlos III le sobrevivió veintiocho años sin que se le conozca cualquier devaneo sentimental.

 

 Valoración

 La figura de Carlos III se ha idealizado; no le interesaba el arte, ni la lectura, ni la música. Dedicaba a la caza más tiempo que a los asuntos de gobierno. Muy persuadido de su autoridad absoluta dejó que algunos de sus ministros utilizaran esta arma terrible en interés propio. Se dejó convencer por Campomanes que los Jesuitas maquinaban contra él, que podían incluso atentar contra su vida, y fulminó contra ellos una orden de expulsión sin alegar más motivos que razones que albergaba en su pecho.

 No tenía la altura de un verdadero estadista y sin embargo dejó un legado no exento de valor. Tuvo como sus predecesores ministros laboriosos y capacitados a quienes sostuvo el tiempo suficiente para que sus obras tuvieran continuidad.

 Su religiosidad era profunda extremando la tutela sobre la Iglesia española que, desde mucho antes, se ejercía sobre ella.

 

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 02 de agosto de 2005